La lectura de Carroll nos hace reflexionar sobre la problemática del espacio, las fronteras implícitas o explícitas y las diferencias culturales que existen en la interpretación de una conversación. Confieso que nociones sobre espacios abiertos o cerrados, reglas de conversación y más, no los tenía muy presentes en mi mente cuando llegué a Chile. Ahora que recuerdo mi primer encuentro con Carlos, mi “host father,” me hace reír. Hacía mucho calor, era uno de estos días que no podrías estar fuera de la casa sin quemarse, típico del verano Santiaguino y Carlos me saludó con una frase en árabe, mientras que llevaba una cruz en su cuello, visible por su camisa desabrochada. Quizás se dio cuenta por mi cara que no lo había entendido y ambos sonreímos mientras que tratábamos de arreglar el malentendido. Yo por un lado, no podía entender cómo o porqué pensó que yo era musulmana si en mi carta les había contado que era atea, y él no podía entender como yo no sabía el saludo en árabe, si mi apellido le indicaba que era de estos partes del mundo.
Este simple malentendido pudiera haberse convertido en una situación incómoda, un choque cultural tal como explica Carroll en su análisis de la cultura americana y la francesa. Pero, yo entendí las intenciones de Carlos, su deseo de hacerme sentir cómoda y bienvenida en su casa a través de saludarme en lo que él pensó sería una expresión familiar para mi. Aunque construyó una percepción falsa de mi, se guió por buenas intenciones. Yo también soy culpable de construir percepciones sobre él. Al ver su cruz automáticamente pensé que estaría con una familia religiosa, construí en mi mente escenas en la mesa donde tendríamos que rogarle al Dios e imaginé mi inquietud cuando les contaría que soy atea. Pronto descubrí que el signo (su cruz) y el significado que yo tenía en mente, no eran adecuados para él ni la familia. En este caso, este “malentendido” sirvió como una manera chistosa de romper la incomodidad de conocer a alguien por primera vez. Carlos le contó el cuento a toda la familia y siempre reíamos juntos cuando nos recordábamos que él pensó que yo era musulmana y que yo pensé que estaría con una familia bien religiosa.
En comparación con los estadounidenses que he conocido durante mis diez años en los EEUU, encontré a los chilenos bien amables y cariñosos, hecho reconocible fácilmente en su manera de saludar: un abrazo y un beso. El cariño que recibí de mi familia chilena (porque así los sigo viéndolos, como una segunda familia) me traía recuerdos de mi familia albanesa, el contacto humano, la falta de distancia física cuando conversan, un abrazo fuerte, un chiste, palabras amorosas, abiertas. En cambio, en los EEUU, no es común que la gente se abrace, por lo menos no con un agarro fuerte, y si es que se abrazan es más un toque en los hombros.
Las ideas de separación pública y privada de la lectura de Carroll me hicieron darme cuenta que el exterior de las casas chilenas y su relación con los vecinos no es tan distinta de los EEUU como lo había pensado. Tampoco estoy de acuerdo con Carroll que los estadounidenses dejan sus puertas abiertas y que les dan la bienvenida a todos y que por lo menos saludan a los vecinos con una simple sonrisa o gesto. Mi experiencia de diez años y la de mis papas me ha mostrado totalmente lo contrario: miedo del otro y frialdad. En chile, en el vecindario donde viví yo, en un barrio de clase media, todas las casas estaban rodeadas por una cerca de madera y tenían un portal antes de entrar al territorio de la casa. Se saludaban solo los vecinos más cercanos, a veces si se encontraban afuera conversaban por unos minutos sobre el tiempo, los niños y detalles de este tipo, pero nunca vino ningún vecino a la casa en mis 5 meses de estadía. Carlos a veces sentía nostalgia por los “tiempos viejos” cuando él jugaba con sus amigos del vecindario y cuando todos compartían, hecho que parece que su hijo no vivió. Según ellos, en los barrios pobres todavía se vive así, se comparte mucho con los vecinos y las relaciones entre ellos son más cercanas. Dentro de la casa, no hubo separación de espacio. Me sentí más que cómoda, podría usar los espacios que necesitaba y a veces entré en el cuarto de mis padres chilenos para usar su espejo, todo esto era aceptable, tal como yo acepté que Kelly lavaría mi ropa durante mi estadía allí, porque lo mismo hacia con los otros miembros de la familia. La comida se convirtió en un catalizador que facilitó la conversación y aumentó nuestro contacto. Yo siempre ayudaba a la Kelly a poner la mesa, y llegó un punto que no tenía que ofrecerle mi ayuda, ella me lo pedía sin reservación. Con el tiempo, nos entendimos perfectamente y me hice parte de la familia como si los hubiera conocido por una vida entera. ...
3 de febrero de 2010
Hartford, CT
Wednesday, February 3, 2010
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