La lectura de Carroll sobre las diferencias culturales que marcan las relaciones entre padres e hijos, amigos y parejas, nos hace darnos cuenta de los malentendidos y las brechas entre personas que resultan. Normalmente no pensamos que habrá diferencias tan marcadas dependiendo de la cultura y el país de origen. El riesgo de no estar consciente de tales diferencias culturales es grave; puede causar no solo un mal rato pero hasta causar una división entre amigos o parejas.
Lo que me hizo sentirme cómoda en mi casa chilena fue la relación entre los padres y su hijo, el cual tenía 23 años, asistía la Universidad y todavía vivía en la casa de los padres. Esta relación no me pareció rara, porque es común que en Albania los hijos viven en la casa de sus padres hasta que se casen. Confieso que por haber vivido en los EEUU por muchos años, había adaptado la noción de que los hijos deben estar fuera de la casa cuando tienen 18 años y llevar una vida independiente de los padres, especialmente porque al llegar el momento de entrar a la Universidad, es lo “normal” irse de la casa. Pronto me olvidé de tales nociones que una vez había “rechazado” y después adaptado. Pero, visto de la perspectiva de una/o estadounidense, la convivencia de un hijo de tal edad con sus padres invita no solo la curiosidad sino también el prejuicio.
Yo también estaba acostumbrada de vivir en la Universidad, fuera de mi casa, con amigos/as, independiente y sin tener que responderle a nadie. Vivir con mi familia chilena fue como estar de regreso a la casa de mis padres, tenía la comodidad de una comida ya hecha, mi cuarto arreglado, la ropa lavada y la presencia constante de personas amables y cariñosos, dispuestos a regalonearme. Quizás había extrañado la sensación de estar con una familia, quizás por hacer siempre todo independientemente se me había olvidado la importancia de la convivencia con la familia. Aunque también lo que sentía y lo que pensaba choqueaban a veces. De un lado, al descubrir que mi mama chilena había entrado a mi pieza cunado estaba en mis clases, que había hecho mi cama, lavado, secado, plancheado y doblado mi ropa, me sorprendió. ¡No podía creer la cantidad de quehaceres que esta mujer había terminado en un par de horas y más me sorprendió el hecho de que yo no tenia que hacer nada! Todo era listo y hecho. Pero, a la misma vez, pensar que mi mama chilena trabajaba tanto todo el día en la casa y en su trabajo me hizo sentirme mal y culpable. Desde entonces en adelante hacía la cama cada mañana antes de salir para mis clases y le ayudé más en la cocina, o por lo menos trataba de acompañarla mientras cocinaba. Ella estaba feliz de tener la compañía de una “hija” a su lado y por la ayuda, solo que nunca me dejó lavar mi propia ropa.
8 de febrero, 2010
Hartford, CT
Monday, February 8, 2010
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